Autor: Mizdraim Ramos Mercado
Primeramente, me llamo Mizdraim Ramos
Mercado. Tengo un nombre
algo extraño, lo sé, y es natural que las personas tengan que preguntármelo más
de una vez cuando me conocen, pero aun así, me gusta.
Sería casi
imposible conseguir una descripción exacta de mi persona, porque si bien, mi
amiga relatividad me impediría auto-brindarme los adjetivos correctos.
Soy una simple
chica de 16 años, aunque, no por simple común. Estudiante de preparatoria, la
cual por cierto, no es la típica institución educativa a la que alguien de mi
edad estaría encantado de pertenecer, por el simple y sencillo hecho de que
está más aburrida que asistir a misa diario.
Mido 1.42
metros, estatura que me obliga a tener que escuchar casi siempre las ridículas
frases y preguntas de esta austera humanidad acerca de mi chaparrez, la cual
por cierto no me acompleja para nada.
Soy de tez
morena, cabello castaño, ojos cafés y apariencia ni robusta ni delgada. Tengo
un lunar al lado izquierdo de la nariz y uno en mi ceja izquierda. Me declaro
la mayor admiradora de mis ojos.
Soy el tipo de
chica, que las personas de mi edad describen como ‘rara’ ¿por qué? Bueno,
porque no me gustan las cosas comunes. Me es muy difícil coincidir en gustos
con jovencitos de mi edad.
Gusto de la
trova, de los desvelos causados por la seducción de las noches estrelladas, de
la oscuridad iluminada por la luna llena, de los sabores agridulces, de las
tardes frescas apreciando el atardecer, de los abrazos largos y fuertes, de las
largas charlas en las que casi nunca hablo y solo me deleito al escuchar.
Fiel amante de
la vida. Soñadora por excelencia, la magnitud de mis sueños es tal, que debo
lidiar con la frase que más repudio ‘pon los pies en la Tierra’, ¿por qué dicen
eso?, por qué no me dejan volar a mi antojo, quiero sentir, quiero imaginar, no
quiero que me corten las alas, anhelo sentir la textura de una estrella,
acariciar las paredes del cielo, saber que no tengo limites, pisar cada rincón
de este mundo, saborear colores y ver sabores, sentir la marea bajo mis pies,
ganarle la carrera al viento, brillar con más ímpetu que el sol, conquistar
planetas, y declararme como una mujer con vida vivida.
Sé que las
leyes no son mi vocación, pero mis padres y su ya bastante usada pregunta de
¿cómo te vas a mantener cuando crezcas? Son los que me han obligado a sentir
que debo incluirme en el mundo de las leyes, y unirme al grupo de los
universitarios que dejaron atrás sus sueños de grandeza y vida bohemia, para
sentarse en una butaca a estudiar lo que a ellos no les gusta, por el simple
hecho de que es una carrera que ‘deja dinero’.
Para ser
sincera, siempre he sabido que mi vocación está en las letras, lo descubrí a
los 7 años, mientras en el salón de clases mis compañeros le pedían al profesor
que les leyera un cuento, y yo, en vez de eso, prefería escribir mis propias
historias, al final, las historias de mi autoría eran las que el profesor nos
terminaba leyendo.
‘Las letras no
te van a dar de comer’, es la corta oración que golpea mis ideales y,
sinceramente, ¡Al diablo con eso!, amo las letras, me apasiona la literatura, y
dicen que el éxito se encuentra en donde está tu pasión, entonces, ¿qué me
detiene?, acaso el miedo a fracasar, a equivocarme, la vida se construye a base
de riesgos, y quiero una vida arriesgada, una vida vivida por mí, no por lo que
opinen los demás.
Me deleito al
viajar, no importa que mi viaje sea a unos pocos kilómetros de casa, siempre
hay un lugar dispuesto a enamorarte, me gustan las carreteras solitarias, sacar
la mano por la ventana y sentir el aire fresco golpeándome el rostro mientras
mi cabello baila al ritmo del viento, y se reproduce la canción de ‘Spirits’ de
‘The Strumbellas’.
Soy pacifista,
estoy en contra de la guerra, en realidad no le veo sentido a las discusiones,
detesto el racismo, las injusticias y la discriminación, me cuestiono siempre
sobre el porqué de tanto sufrimiento en el mundo y jamás he encontrado una
respuesta que me convenza del todo, así que la sigo buscando.
Quiero que
todo el mundo me recuerde, que mi nombre aparezca en los libros de historia de
mis tataranietos, que alguna calle lleve mi nombre, y quiero sobretodo, dejar
al mundo un poquito mejor de lo que lo encontré.
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